Comercio Justo para acabar con el trabajo infantil

Desde el año 2002, cuando fue declarado como tal por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el 12 de junio se conmemora el Día mundial contra el trabajo infantil, una lacra que según el último informe “Infancias robadas 2017”, publicado recientemente por la ONG Save the Children, afecta a 168 millones de niños en el mundo. Pese a que el dato se ha reducido en un tercio respecto al que existía en el año 2000, una cifra de niños mayor de la que vive en toda Europa sigue hoy en día trabajando a diario en jornadas extenuantes y empleos peligrosos.

Así, en países como Mali se estima que el 56% de los niños realizan algún tipo de trabajo. Un porcentaje similar al que presentan otros países del África subsahariana como Benín (53%), Guinea-Bissau (51%), Somalia (49%) o Camerún (47%); y que incluso superan entre los grupos de población más pobres en otras partes del planeta como en Haití, donde el 61% de los menores de familias rurales de bajos recursos trabajan; o Nepal, donde el 60% de los niños más pobres trabajan y el 90% de ellos lo hacen en condiciones peligrosas. No es de extrañar, por tanto, que la meta nº7 del Objetivo de Desarrollo Sostenible nº8 de Naciones Unidas tenga como objeto “asegurar la prohibición y eliminación de las peores formas de trabajo infantil, incluidos el reclutamiento y la utilización de niños soldados, y, a más tardar en 2025, poner fin al trabajo infantil en todas sus formas”.

“168 millones de niños, más de los que viven en toda Europa, siguen hoy en día trabajando a diario en jornadas extenuantes y empleos peligrosos”

En ese encomiable objetivo trabajan desde 1990 en la ONG SETEM Madrid y Castilla la Mancha, en la que el Comercio Justo es uno de sus grandes campos de acción. No en vano, y aunque en casi todos los sectores hay niños explotados y trabajando, se estima que el mayor porcentaje de ellos lo hacen en el entorno agrícola (59%). Así, por ejemplo, según datos facilitados por SETEM y publicados por la Coordinadora Estatal de Comercio Justo en sus informes monográficos, “se calcula que en caso del café la mano de obra infantil representa en torno al 10% del trabajo empleado en las plantaciones”. En el caso del cacao, por poner otro ejemplo, se estima que unos “284.000 menores trabajan en su cultivo y cosecha en África Occidental”. Costa de Marfil, primer productor de cacao del mundo, concentra la mayor parte de este trabajo infantil con unos 12.000 niños empleados en condiciones de esclavitud o explotación laboral que, “además de estar sometidos a jornadas de 12 horas que les impiden asistir a la escuela, sufren todo tipo de abusos y se ven obligados a usar pesticidas sin disponer de medidas protectoras”, explica Ana Carrascón Iglesias, responsable de comunicación online de la ONG.

Garantías de un comercio justo

El Parlamento Europeo aprobó en 2005 una resolución sobre Comercio Justo y Desarrollo en la que definió a éste como “una relación comercial basada en el diálogo, la transparencia y el respeto mutuo, que busca una mayor justicia en el comercio internacional”. El Comercio Justo, continúa la resolución, “contribuye al desarrollo duradero y sostenible proporcionando mejores condiciones comerciales y asegurando sus derechos a los productores y trabajadores marginados, especialmente en los países del Sur”.

Y para los niños, para los menores en riesgo de acabar siendo explotados o utilizados laboralmente, qué beneficios tiene el comercio justo? Según Mónica Gómez, responsable del departamento de Comercio Justo de SETEM Madrid, “además de garantizar que no haya explotación laboral infantil en la elaboración de los productos”, este tipo de comercio, gracias a su enfoque integral, “tiene otros impactos positivos significativos en la calidad de vida de los menores de las familias que forman parte de las organizaciones de Comercio Justo y de las comunidades en las que éstas se encuentran”.

“Se calcula que en caso del café la mano de obra infantil representa en torno al 10% del trabajo empleado en las plantaciones. En el caso del cacao, por su parte, se estima que unos 284.000 menores trabajan en su cultivo y cosecha en África Occidental”

Entre esos impactos, por ejemplo, la responsable de SETEM cita el salario digno y estable que reciben los adultos “para que no sea necesario que sus hijos e hijas tengan que trabajar para ayudar a sacar a las familias adelante”. También la garantía de unas mejores condiciones de trabajo a los padres y madres, “con jornadas laborales normales en vez de las jornadas extenuantes de más de 90 horas a la semana que son incompatibles con el adecuado cuidado de la familia”; además, según explica Mónica Gómez, la mayoría de las organizaciones productoras de Comercio Justo “dedican parte de los beneficios a proyectos educativos y de sanidad dirigidos a la infancia como pueden ser, entre otras, la construcción de escuelas comunitarias, las becas escolares o la formación de profesorado local”.

Tomar conciencia de nuestro consumo

Como explican desde SETEM, el Comercio Justo es una forma más de las muchas que existen para ejercer un consumo responsable y ayudar a cambiar la vida de muchas personas en otros puntos de la Tierra. No en vano, vivimos en un mundo interdependiente e interrelacionado en el que las decisiones de compra tomadas en España, por ejemplo, afectan a trabajadores y niños de países como Costa de Marfil. ¿Somos conscientes de la importancia de esas decisiones? “Desafortunadamente creo que no lo suficiente. Si fuéramos realmente conscientes del papel tan importante que desempeñamos como consumidores se podrían ver cambios significativos en la forma de producir que repercutirían en la calidad de vida y en la sostenibilidad del planeta. En cualquier caso, sí que es cierto que poco a poco vamos viendo que cada vez son más las personas preocupadas e interesadas en consumir de una forma más consciente y crítica, que se plantean que hay alternativas y deciden apostar por ellas”, reflexiona Mónica Gómez.

Por regla general, y pese a ese dato para el optimismo, lo cierto es que como añade la portavoz de SETEM, al ver un producto en la estantería de un supermercado no nos paramos a pensar cómo ha llegado hasta ahí: “Parece como si los productos aparecieran por generación espontánea en las tiendas y no es así. Detrás de cada producto que consumimos hay personas como nosotros, tratando de llevar una vida digna con su trabajo”.

“Vivimos en un mundo interdependiente e interrelacionado en el que las decisiones de compra tomadas en España, por ejemplo, afectan a trabajadores y niños de países como Costa de Marfil”

Poner en el centro de nuestras decisiones de compra el cuidado de las personas y del planeta es fundamental para cambiar esta aparente desidia, ya que como afirma Mónica Gómez “tenemos mucho más poder del que creemos por medio de nuestro consumo”; de esos pequeños gestos cotidianos en nuestras compras diarias que ayudarían a cambiar el mundo y las condiciones de vida de millones de personas, entre ellos miles y miles de niños, haciendo del nuestro un planeta “más equitativo, justo y solidario”.

Y sirva como ejemplo el café. Cada año se consumen aproximadamente 600.000 millones de tazas de café en todo el mundo (1.644 millones al día). Sólo en España, según datos del ‘Informe del Café’ de 2012, se consumen anualmente casi 200 millones de kilos de café. “¿Os imagináis que estos 600 millones de tazas de café fueran de Comercio Justo? ¡125 millones de personas tendrían acceso a una vida digna y sin explotación infantil!”, exclama Mónica Gómez.

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Autor entrada: Adrián Cordellat

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