Un padre con cuento: Una biblioteca de memorias

A mí me ocurre con mi abuela. Me basta oler la combinación de canela y manzana en el horno para recordar unas galletas que hacía en su casa cuando yo era pequeño. Ese simple aroma me transporta a los 5 años, a su cocina. La veo, a mi abuela y a la cocina, con todo detalle: su delantal, su piel, el recogido de cabello que llevaba, los azulejos de la cocina, la mesa contra la pared… Y no solo es la vista, también siento en mi piel la temperatura del horno, que inundaba toda la estancia. El olor aquel me despierta memorias mucho más precisas que cualquier foto que pueda ver de mi abuela. Incluso cuando escucho su voz, la memoria olfativa la supera. A mí me ocurre con mi abuela, pero a vosotros os puede ocurrir con un libro, una mascota, otro familiar o algún objeto. 
Unas semanas atrás, nos reunimos con mis hermanas en un viaje. Era la primera vez que lo hacíamos en más de 40 años de historia. El propósito fue simplemente estar los tres juntos y recordar a nuestra madre que falleció tres años atrás. El hecho es que en un momento dado, la hermana del medio, nos preguntó: ¿qué se acuerdan ustedes que sea típico de mamá? 
Cuando dejamos de protagonizar nuestra historia, una de nuestras mayores preocupaciones como padres y madres es asegurarnos que nuestros hijos e hijas no nos olviden. Que nos recuerden aún sin fotos, ni mensajes, ni objetos. 
En estas dos cosas pensaba al regresar del viaje y se me ocurrió una idea sencilla: construir una biblioteca de memorias. 
Junto a los libros para la peque que traigo de los viajes, también regreso con especias locales. Así, tenemos en casa frascos y frascos de cardamomo, ras el hanout, curry, sal volcánica, sashuksa, canela, flor de granada…
Con todo ello y unos envases pequeños decidí hacer un experimento con la pequeña de 5 años. A la hora de la siesta, despejamos la mesa, pusimos varios recipientes y en ellos volcamos especias, granos molidos de café, vainilla, sales… Y ella les puso nombre. Primero, sin verlas, las olía, luego las tocaba y finalmente podía verlas. Yo no le hacía ninguna pregunta para no guiarla hacia ningún recuerdo. Al principio gobernó su parte lúdica y les daba nombres propios de su edad: Hierbecín (porque parece hierba) o Piedrecín. Luego se invento palabras: Piten, Disinino. Pero entonces, con el café, cambió todo. El que primero se levanta en casa hace café y así la casa huele a granos molidos. Cuando Clara sintió el aroma del café, le puso Mañana. Al oler una sal volcánica, le puso Orilla (“Tiene olor a mar, pero cuando lo toco parece arena”), al pimentón le llamó Abuela, a la pimienta la bautizó Cine (Fran, el mayor, le pone un toque de pimienta a las palomitas cuando tenemos la suerte de hacer cine todos juntos) y al aceite de oliva le llamó Lágrimas (la mayor, Morena tiene un “asunto” raro con los aceites: los ve y los ojos le lagrimean, como a otros con la cebolla).
Le pusimos una etiqueta a los envases con sus nuevos nombres, los guardamos en un estante al que llega ella sola y de vez en cuando los huele, los lee y busca otros aromas y nombres nuevos. Creamos, tengo la ilusión, una biblioteca de memorias. 
Hay varias razones por las cuales el olfato es una herramienta tan potente a la hora de recordar.   
Una de ellas está vinculada a la anatomía del cerebro. Los olores son procesados primero por el bulbo olfativo, que comienza dentro de la nariz y corre a lo largo de la parte inferior del cerebro. El bulbo olfativo tiene conexiones directas con dos áreas del cerebro que están fuertemente implicadas en la emoción y la memoria: la amígdala y el hipocampo. Curiosamente, la información visual, auditiva y táctil, no pasa a través de estas áreas del cerebro. Esta puede ser la razón por la cual el olfato, más que cualquier otro sentido, es tan efectivo a la hora de desencadenar emociones y recuerdos potentes.
Y luego hay otra razón más. En noviembre de 2017, un grupo de científicos, liderados por Christina Strauch y Denise Manahan-Vaughan de la Universidad Ruhr de Bochum, en Alemania, descubrieron algo aún más interesante que los atajos del olfato a la hora de llegar al cerebro: los recuerdos pueden guardarse, directamente, en una parte del bulbo olfativo, más precisamente en una estructura llamada corteza piriforme.
Los resultados del estudio, publicados en la revista Cerebral Cortex, señalan que la corteza piriforme se conecta a todo tipo de lugares en el cerebro, incluida una estructura de nivel superior llamada corteza orbitofrontal. Esta es la responsable de emitir juicios sobre la información sensorial: esta comida sabe bien, deberías comer más, este sonido es muy desagradable, este jersey tiene un tacto muy suave, etc. Y, dependiendo del juicio, lo almacena como recuerdo a largo plazo o no. En el caso de una información vinculada al olfato el estudio demuestra que la corteza piriforme (que recordemos, pertenece al bulbo olfativo), es capaz de servir como un archivo de memorias a largo plazo. Por lo tanto, el centro de olores de nuestro cerebro no solo se conecta directamente con la memoria, sino que también almacena recuerdos a largo plazo y los tiene siempre “a mano”. Todo este montaje del cerebro facilita que ciertos olores se mantengan más frescos y vívidos en nuestra memoria. Y por ello el olfato es una herramienta muy útil a la hora de construir una biblioteca de memorias.
Nosotros, en casa, lo hicimos con especias, pero también se pueden hacer con plastilina, rotuladores, gelatina, ropa recién lavada, champú, talco…Cualquier cosa que tengamos a mano y lleve un perfume propio. Hasta con nosotros mismos. 
La verdad, no sé cuánto recordará Clara de esta biblioteca de memorias en 1 año y supongo que tampoco se trata de eso en el fondo. Se trata, en pocas palabras, de construir un espacio en el otro, con su permiso, para también vivir allí.

Autor entrada: Mónica

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