#MenosEsMás: Familias que luchan contra el consumismo

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Los hogares influyen inevitablemente en el impacto medioambiental y social a través de sus hábitos de consumo. Muchas veces no somos conscientes de ello hasta que nos convertimos en padres. Como les pasó a Marina, Enrique o Iñaki, miembros de tres familias que con pequeños gestos luchan por consumir de manera más responsable. Porque cada acto, por pequeño que sea, cuenta.

 

Por Diana Oliver

En el número 9 de Madresfera Magazine, publicado en marzo de 2017, dedicábamos un completo reportaje a la necesidad de un consumo más responsable desde la infancia. Los datos que encontramos sobre las previsiones para nuestro planeta eran, cuanto menos, alarmantes. Por poner un ejemplo, según la ONU, en 2050 necesitaremos tres planetas enteros para poder mantener nuestro ritmo de consumo actual. Es para pensar en ello y tomar medidas, desde luego. Y no basta con pensar que es un gran reto, que las acciones individuales no cuentan, porque como decía Eduardo Galeano, “mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas pueden cambiar el mundo”.

Consumo, luego existo

La adquisición de bienes, alimentos y servicios superfluos parece haberse convertido a lo largo de las últimas décadas en el buque insignia de los países desarrollados. Un acto que no es inocuo, ni para el planeta ni para las personas que lo habitan, ya que supone un desgaste preocupante tanto de los recursos naturales como del medio ambiente. “La gran mayoría de personas, instituciones y entidades no son conscientes de las consecuencias e impacto de nuestro consumo actual en el planeta y en las personas, especialmente en las más vulnerables” reflexionaba Sandra Astete, especialista en políticas de infancia de UNICEF, en Madresfera Magazine.

“Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos”, Tyler Durdeen en El club de la lucha.

Plantea María José Garrido, doctora en Antropología especializada en maternidad e infancia, en el libro Etnopediatría: infancia, biología y cultura, la cuestión de cómo es posible que pese a vivir en una sociedad privilegiada como la nuestra, nuestros hijos no sean los más sanos ni tampoco los más felices en comparación con otras sociedades con un menor desarrollo y oportunidades a todos los niveles. La respuesta la encuentra la antropóloga en la conjunción de varios factores. Por un lado, el mantenimiento de una estructura y sistema basado en la producción y en el consumismo. Por otro, en que no damos a los cuidados y a la prevención de salud la importancia que realmente tienen. “Vivimos anestesiados de nuestras emociones y de nuestras propias necesidades como seres sociales”, afirmaba en una entrevista recientemente.

Si analizamos las causas del consumismo actual, encontramos que la publicidad, que en muchas ocasiones convierte lo innecesario en necesario, tiene un papel determinante. También la famosa obsolescencia programada y la baja calidad de muchos productos, especialmente los tecnológicos o los electrodomésticos, que nos lleva a cambiarlos cada vez en un menor espacio de tiempo. Por último no podemos olvidarnos de la propia presión social, fruto de una cultura del consumo, y de los efectos de habernos convertido en la sociedad que soluciona todo (problemas de salud, mentales, carencias afectivas) consumiendo indiscriminadamente productos (medicamentos, alimentos, bienes) en lugar de ir a la raíz del problema. Vivimos en la sociedad del “consumo, luego existo”.

Para Lourdes Gaitán, doctora en Sociología y miembro fundadora del Grupo de Sociología de la Infancia y la Adolescencia (GSIA), todo esto también afecta a los niños porque éstos “no entran en la vida de un modo independiente del mundo del comercio y en consecuencia “se hacen” consumidores en el proceso de socialización, se conforman como personas en la sociedad del consumo”. Es por ello que, aunque la presión del entorno es grande, los hogares, como primer eslabón de la socialización, pueden transformarse en trincheras de resistencia al consumismo.

 

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Hogares que luchan contra el consumismo

Los hogares influyen inevitablemente en el impacto medioambiental y social a través de sus hábitos de consumo. Muchas veces no somos conscientes de ello hasta que nos convertimos en padres. Es entonces cuando abrimos los ojos ante la gran responsabilidad que tenemos en la transmisión de valores y el fomento de actitudes encaminadas a un consumo más sostenible y razonable.

A Enrique, autor del blog Papá llega tarde, convertirse en padre le ha hecho ser mucho más consciente de cómo nuestros actos influyen en nuestro entorno. En el caso de su familia empezaron interesándose por la alimentación, pero aquello inmediatamente transformó su lista de la compra. “Una vez que tomas conciencia de que tus actos como consumidor no son inocuos, sientes la necesidad de informarte de las consecuencias de tus compras y de tu forma de uso y consumo, y así fuimos haciendo extensivos los cambios a nuestro gasto en productos de higiene, en ropa, en ocio…”, explica.

Reconoce este burgalés afincado en Madrid y padre de dos hijas que, aunque siempre había intuido que había una forma más responsable de consumir, en casa acababan encontrando excusas para refugiarse en la comodidad de lo que él llama “consumo despreocupado”. “Cuando te informas y dejas que esa información cale, es imposible no sentirse apelado y no tratar de aportar un pequeño granito de arena”, dice. En este sentido considera que es imprescindible educar a los niños en un consumo responsable desde casa para hacer frente a la cultura del consumo y a la infinidad de impactos publicitarios agresivos que reciben cada día. “Si no hacemos nada por evitarlo, recibe docenas de regalos por Navidad o por su cumpleaños, asiste a fiestas en las que se derrocha la comida, y crece en una sociedad harto acostumbrada al “usar y tirar”. Es fundamental que desde casa pongamos todo el contrapeso que podamos a esa influencia negativa del entorno que no controlamos, algo para lo que es necesario dedicar mucho tiempo a convivir con nuestros hijos”, se lamenta.

“Cuando te informas y dejas que esa información cale, es imposible no sentirse apelado y no tratar de aportar un pequeño granito de arena”.

Marina, gallega que emigró hace ya varios años a Suiza y autora del blog Trucos de familia, ha ido construyendo en su hogar poco a poco el camino hacia un consumo más responsable. “No me gusta ver basura por todas partes ni el aire contaminado y desde la escuela entiendo que eso es consecuencia directa del estilo de vida humano. Por otro lado, con los años además voy viendo que comprar de forma calculada y consciente en base a nuestras necesidades y reduciendo las compras impulsivas además de reducir en basura nos hace la vida más fácil: menos limpiar, menos espacio, más ahorro, más organizado, acceso rápido a lo útil…”.

En opinión de Marina, nos hace faltar entender que dependemos del planeta. “Si lo destruimos, nos destruimos. Fácil ¿no? Pues parece que no. Es como el colesterol, que no se ve ni tiene síntomas hasta que te da el patatús total. Por eso, funciona bien educar en el respeto y añadir las ventajas económicas y organizativas a nivel personal que tiene el consumo responsable. ¿Qué tal irnos a Disney con lo que nos ahorramos en caprichos? La mayoría entienden eso mejor que contarles que en unos años el planeta será inhabitable para los humanos”, se lamenta.

“Funciona bien educar en el respeto y añadir las ventajas económicas y organizativas a nivel personal que tiene el consumo responsable”.

En el caso de Iñaki, autor del blog Con conciencia, su familia comenzó a intentar huir del consumismo gracias a que comenzaron a tener una mayor información en cuanto a los efectos económicos, sociales y medioambientales del consumo irresponsable. “Hoy en día tenemos acceso a artículos periodísticos, blogs, libros y documentales que nos muestran esta realidad que muchas veces no nos dejan ver. Seguramente, somos la generación que más información tiene al respecto. Y una vez tienes esa información, te empiezas a hacer preguntas. En nuestro caso, nos han impactado mucho algunos documentales y libros que tratan sobre la ganadería industrial. De hecho, yo dejé de comer carne después de leer Comer con cabeza”, explica. Para este padre de dos hijos y residente en Barcelona, los valores y la ética se transmiten dentro de las familias, por lo que está convencido de que un consumo más responsable viene también de ese ejemplo en el hogar.

“Hoy en día tenemos acceso a artículos periodísticos, blogs, libros y documentales que nos muestran una realidad que no es fácil de ver”.

Pero, ¿realmente se puede escapar de un consumismo tan normalizado? Los tres responden que es “complicadísimo”. Para Enrique lo es, sobre todo, por la presión del entorno, pero no pierde la esperanza en que los adultos seamos capaces de tomar conciencia: “Poner excusas es mucho más cómodo, está claro, y cambiar requiere de un cierto esfuerzo y de una reorganización de prioridades y de estilo de vida. Pero se puede. Por eso me parece fundamental haberlas educado desde el principio para que tengan la personalidad suficiente como para ser conscientes de que no todo es justificable por el mero hecho de ser una más en la masa consumista”.

Iñaki lo ve aún más difícil en las grandes ciudades: “La publicidad nos acosa sin piedad: está en escaparates, marquesinas, autobuses, pantallas en el metro, pósters y flyers…”. Él vive junto a su pareja y sus dos hijos, de cuatro y dos años, en Barcelona y asegura que llevan unos años viendo cómo los precios de la vivienda suben “obscenamente” y cómo toda la economía de la ciudad se enfoca exclusivamente en los servicios y el turismo. “Cada vez es más cierto eso de Barcelona és bona si la bossa sona. Desde que tenemos hijos somos más conscientes de esto: es muy difícil pasar la tarde fuera con ellos sin sacar la cartera del bolsillo en ningún momento”, explica.

Coincide Marina con Iñaki en cómo el bombardeo de publicidad nos crea falsas necesidades, pero añade que el ego tampoco nos lo pone fácil a la hora de resistirnos a comprar. “El ego se engorda fácil teniendo más o mejor. Si vas siempre a la última ¿resistirá tu ego dejar de hacerlo? De hecho, diría que el ego hace muchas más compras que la razón”, dice.

“La publicidad nos acosa sin piedad: está en escaparates, marquesinas, autobuses, pantallas en el metro, pósters y flyers…”.

 

 

Pequeños gestos que hacen grandes cosas: ¿por dónde empiezo?

Las tres familias contribuyen con pequeños gestos a intentar dejar menos impactos negativos en el planeta. Lo hacen desde sus hogares, con pequeños cambios de hábitos, de costumbres, con un análisis de prioridades y de necesidades. En casa de Enrique, por ejemplo, han ido cambiando cosas poco a poco. Con su segunda hija han sustituido la montaña de pañales desechables que usará a lo largo de su primera infancia por pañales reutilizables de tela. También han desterrado las bolsas de plástico para las compras a granel y acuden siempre al mercado o al supermercado con bolsas de tela. También han tomado conciencia de la ropa que necesitan realmente ellos y sus dos hijas de 3 años y 4 meses: “El 80% de la ropa que ponemos a nuestras hijas es de segunda (o tercera) mano, igual que una de las dos sillas de paseo que tenemos. Tampoco compramos durante el periodo de rebajas por el mero hecho de que haya rebajas; solo renovamos la ropa cuando de verdad nos hace falta”. Asegura que ahora miran mucho más de dónde procede lo que compran, y no sólo para su propio consumo sino para los regalos que hacen. También intentan educar en un reciclaje correcto y responsable, y en la cocina jamás se tira nada: “Hacemos cocina de aprovechamiento hasta extremos sorprendentes, y de ahí salen recetas deliciosas”. Cada semana planifican cuidadosamente el menú y compran exclusivamente aquello que necesitan para cubrirlo, tratando de que cada comida incluya productos de temporada.

En el hogar de Iñaki también se piensan mucho más qué comprar y dónde comprarlo. “En lo que se refiere a la alimentación, hacemos la mayoría de las compras en tiendas de barrio y priorizamos el consumo de productos locales y de temporada. Con los críos, limitamos mucho el número de juguetes que entran en casa. Además, también recurrimos a la segunda mano para comprar cosas y darles una segunda vida a las que ya no necesitamos”, nos cuenta. Admite que su capítulo pendiente es el de la ropa y actualmente están buscando alternativas más sostenibles para que sus armarios “dejen de ser territorio de H&M”.

Por último, Marina nos cuenta que empezó con la lista de la compra y a partir de ahí todo ha ido rodado. “Lo primero que notamos es que empezamos a ahorrar bastante y eso engancha; por no hablar de lo que facilita la vida saber lo que tienes en casa y tener lo que necesitas. Aquí ya no caduca nada y hacemos menos viajes al centro de reciclaje y al contenedor de basura. Seguimos con los la ropa, herramientas… En cierto sentido tendemos hacia un estilo de vida minimalista que suena muy soso pero ahorra un montón de tiempo y dinero que invertimos de otras formas como en viajes u otras experiencias”, concluye. Familias todas ellas de las que podemos aprender mucho porque con sus pequeños gestos están abriendo el camino hacia un consumo con más cabeza. De nosotros depende acompañarles en este recorrido. Un recorrido que más que una opción es una auténtica necesidad; no ya por nosotros, que también, sino por los que vienen detrás.

 

 

 

Autor entrada: Diana Oliver

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