De madres, cuerpos y cañonazos varios

Bueno, pues ya la tenemos liada de nuevo.

De verdad que a veces da mucha pereza salir de la sombra y adentrarnos en las frondosas redes sociales para encontrarte estos “hallazgos” de los medios de comunicación. Sin embargo, soy de la opinión de que hay que aprovechar Internet siempre para cosas positivas, como lo es rebelarnos ante el mal periodismo y la mala labor de los medios de comunicación en muchas ocasiones.

En este caso encontramos en Twitter, una imagen de un medio, compartida y comentada acertamente por Juan del Val, que personalmente me ha indignado mucho por el enfoque tan zafio y absurdo, por el titular basura y por un texto que no tiene mucha más calidad que el titular y que ahonda en la imagen distorsionada que se difunde del cuerpo de la mujer y de la maternidad en este caso.

Lo primero, es que todo el texto está lleno de tópicos denigrantes, aunque tampoco es muy difícil porque muy largo no es, pero oye, es que es cuánto más lo leo más me enfurezco. Y además la foto, muy favorecedora no es y contribuye a un conjunto de lo más bizarro. He leído todo tipo de comentarios sobre su delgadez, no muy agradables, la verdad, y me ha dado hasta penilla, no porque la conozca, sino porque no creo que haya sido partícipe voluntaria de este circo. Y someterse al escrutinio ajeno con tanto detalle no debe ser plato de gusto para nadie. Yo la primera, levanto la mano.

En cualquier caso y volviendo al texto que nos ocupa, parece que su hazaña es haber tenido cuatro hijos y que no se note. Cuando los cambios naturales de un cuerpo que ha dado a luz varias veces no debería ser noticia, ni tener connotaciones negativas, ni mucho menos restar puntos para ser una “mamá cañón”, concepto que me repatea profundamente por todo lo que implica y que me obliga a levantar la ceja por encima de la gafa de presbicia que me está causando el Internet profundo.

Parece mentira pero oye, seguimos igual. El cuerpo de la mujer sigue siendo juzgado con lupa,  cada pliegue, cada cicatriz, y los cambios asociados a cuatro partos, o a los que sean, que no me sé yo el historial ginecológico de la señora Blanca, considerados como un virus que hay que pasar lo antes posible para volver a lucir la figura pre-embarazo y ponerte la medalla de supermujer. Algo que, ni por asomo, todas las mujeres aspiran a conseguir. Puedes cuidarte muchísimo y no estar delgada, y estar en un estado de salud maravilloso. O no tener la más mínima inquietud por algo así, que también es posible. A lo mejor no está en el top de las prioridades tras tener un hijo más allá de encontrarse bien con una misma.

Por otro lado, aquí hay otro punto problemático. Ese “se nota que le encanta cuidarse ya que no le sobra un gramo…” Asociar la delgadez, más o menos extrema, a cuidarse, también es a todas luces erróneo. Y muy, muy peligroso. Porque no es siempre cierto y puede inducir a error a aquellos que buscan verse las costillas como máxima aspiración. Como lo es, también, esa tradición que aún escuchamos mucho y que versa que lucir unos kilos de más y tener curvas es igual a felicidad. Pues disiento. Habrá quien esté muy feliz y habrá quien no, oiga. Porque sí, hace un tiempo estar rotundo era sinónimo de abundancia en todos los sentidos y eso podría traducirse en una vida más placentera y más felicidad por extensión. Pero eso está cambiando. Y, por ejemplo, en Estados Unidos los índices de obesidad más altos se encuentran entre la población con menos recursos para poder acceder a una alimentación equilibrada, fruta y verdura. Así que parece que el tándem kilos-abundancia-felicidad no es ya válida.

Y claro, por un lado predicamos que las curvas son buenas, pero luego nos vemos bombarbeados por los medios de comunicación y una sociedad que nos invitan a quitarnos esos kilos de más con la operación bikini, las eternas noticias en septiembre sobre la vuelta al gimnasio, interminables listas de dietas súper eficaces para ser más delgados, dietas a las que acudimos ciegamente aún a pesar de reivindicar de las bondades de esos kilos que no hacen mal a nadie, sobre todo a los demás. ¿En qué quedamos entonces? ¿No estamos fomentando una paranoia absoluta? ¿No os pasa a vosotros que nunca estáis contentos con vuestro cuerpo? ¿Acaso todos tenemos que ser iguales para encontrarnos bien con nosotros mismos? Pero esto, ¿qué locura es?

Relacionar de esa manera automática una determinada imagen física a metas aspiracionales sigue perpetuando los estereotipos que intentamos derrocar trabajando la autoestima, la nuestra y la de nuestros niños, transmiten mensajes contradictorios y nos llevan desde cada vez edades más tempranas a odiar nuestros cuerpos buscando ideales en muchas ocasiones inalcanzables con la promesa de una felicidad que nunca encontraremos únicamente en una talla.

Flaco favor nos hacen los medios de comunicación con estas etiquetas absurdas de mamá cañón, o el “se nota que se cuida porque no le sobra un gramo”… Con las comparaciones, con poner de manifiestos los “arg” y los “uff ” de los demás en sus poses veraniegas. Con sacar los supuestos defectos. Con poner bajo la lupa ajena los cuerpos de los demás, como si no tuviéramos bastante con los nuestros propios, o como si nos sintiéramos mejor viendo los defectos de los demás.

Está claro que todos queremos la mejor versión de nosotros mismos, pero no tiene por qué ser solo física, no debería ser solo física, ni pasar necesariamente por una talla concreta que le guste al redactor/a de esa publicación.

Si queremos evitar vivir en conflicto eterno con nuestro cuerpo y con nosotros mismos, especialmente nosotras las mujeres, frustradas, en lucha cruenta con nosotras mismas, acabando con enfermedades tan crueles como la anorexia y la bulimia que están tan asociadas al culto al cuerpo y a la imagen distorsionada de nosotros mismos, todos tenemos que educar(nos) en un estado de salud mucho más global, en cuidar nuestra autoestima y la de nuestros niños muy por encima de portadas de revistas y supuestas tallas ideales, en practicar deporte como forma de vida y no para que no se nos noten los partos, en una alimentación equilibrada y sensata, huyendo de relaciones insanas con la comida desde que son muy pequeños, con chantajes, premios y castigos, que alteran el verdadero sentido de estar sanos y encontrarnos bien.

Y dejadnos en paz a las madres. A nuestros cuerpos, a nuestros partos y a nuestros gramos. Los futbolistas dan mucho más de sí, creednos.

 

 

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Autor entrada: Mónica

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