Esto me aneta muchísimo: Recuerdos a la mesa

Después de un año leyendo planes, trucos, recetas, manualidades… que nos anetan muchísimo llega el momento de decir un hasta luego a esta sección. Este será el último post que publiquemos aquí pero vienen otras cosas que, seguro, nos van a anetar mucho. Para la despedida contamos con el menú que ha escrito José María Ruiz Garrido, autor del blog La Parejita de Golpe, un maravilloso texto en que nos habla de recuerdos, sensaciones, educación, corresponsabilidad… Espero que os anete tanto como a nosotros.

Ahora que mis mellizos van a cumplir siete años, muchos de los temas que salen en mis conversaciones y en el blog tratan acerca de los recuerdos. De los suyos y de los míos. O al revés. Creo que más o menos a esa edad es cuando comienza mi memoria más nítida y persistente. Y aunque la instantánea de mi infancia es como una colcha llena de agujeros, sí recuerdo claramente momentos, situaciones y eventos, pero sobre todo relaciones y sensaciones. Y a veces son sólo piedras que llevarás siempre contigo en los bolsillos, o tatuajes de los que no recuerdas el significado, pero ya son parte indisoluble de tu imagen.

Entrantes

Como padre he tenido que aprender muchas cosas. Arrastraba –y arrastro– muchas taras y muchas carencias, muchas de esas piedras en los bolsillos. A nuestro caldo de cultivo patriarcal y nuestra educación, hay que sumarle mi pereza, claro. La tan nombrada carga mental de los cuidados sigue inclinada hacia el debe, aunque poco a poco hago por mejorar. Y aquí no puedo tirar de mis recuerdos para ello, tengo que ir sobre la marcha. En el reto de ser un hombre corresponsable hay muchos caminos abiertos, pero hay que recorrerlos todos.

La educación, los cuidados y el cariño, el acompañamiento, la provisión, la intendencia… Todos los charcos son importantes, pero siempre hay lagunas que te llegan más arriba del tobillo o la pantorrilla. En mi caso y en mi casa, el fondo de armario sigue siendo terreno virgen, casi inexplorado. Aquí se junta todo: por un lado mi despreocupación, más allá de las camisetas frikis o prendas de sport, y por otro, la fijación y habilidad de la Maestra-Jedi. Menos mal que al menos sé conjuntar, Batman no es el único que sabe combinar negro y azul. Sigo aprendiendo.

Primer plato

Hay otros terrenos en los que me muevo con algo más de soltura. Y en parte tiene que ver con la organización y turnos que hemos adoptado en la Academia-Jedi. Por ejemplo, la hora de la comida, la compra y la provisión. La planificación semanal de los menús a veces nos pilla descolocados, pero improvisar también tiene su gracia. Yo me encargo de las compras, de los desayunos y las meriendas del cole, y de cocinar la mayoría de los días, aunque muchas veces tiramos de comida preparada por la Maestra-Jedi con antelación. Durante bastante tiempo esto me generaba pequeños dramas a la hora de sentaros a la mesa. Y en parte creo que es porque en mis recuerdos solo encuentro a mi madre cocinando y a mi padre obligándome a comer.

Cada uno en la Academia-Jedi tenemos nuestros gustos y nuestras fobias culinarias. Y muchas veces, demasiadas, me descubro insistiendo, agobiando y casi obligando a los niños a comer lo que les he preparado. “Una cucharada más”, “un último bocado”, “es que no lo has probado”… En más de una ocasión he acabado recogido la mesa con la frustración en el paladar y un regusto de impotencia y culpa en la boca. Y lo que es peor, ellos también. Poco a poco, con los meses y años, he ido entendiendo que esto también son mis piedras en los bolsillos, no los suyos. Son mis tatuajes. Y no quiero que los hereden.

Segundo plato

Y entonces llega la Maestra-Jedi, y en su infinita paciencia –y sapiencia– intenta iluminarme el camino. No pasa nada por dejar la comida a medias, o incluso por no probar la fruta, ya llegará la hora de merendar, o de cenar. No es tan importante quedarse con un poco de hambre, si eso va a suponer que no acabemos disgustados. Es un error convertir la hora de comer en una obligación, en un trámite forzoso. No cuenta más la boca llena que la sonrisa llena; el plato medio vacío que compartir felices el momento, que estéis contentos a la mesa conmigo. ¿Dónde está mi sentido común? ¡Seré imbécil!

Y entonces es cuando esos recuerdos vuelven a aparecer. Recuerdos de lo bien que cocinaba mi madre, pero también del rechazo y el asco que me daba la clara de los huevos fritos, o los filetes de ternera, las espinacas, la fruta… Y sobre todo el mal trago que suponía tantas veces sentarse a la mesa, sabiendo que aquellas lentejas me esperarían por la noche. Malos tragos, malas experiencias y frustraciones que me han supuesto que durante todos estos años me he negado y aún sigo negándome a tocar siquiera multitud de platos y comidas. Mis recuerdos. Hoy mi hijo no quiere probar las alubias. Hoy yo no debería hacer que las aborrezca el resto de su vida.

Postre

No debería, pero aún me cuesta. A veces sigo insistiendo en que coman una cucharada más o un último bocado. Pero ya no es con la misma actitud, ni forzando algo que ya he asumido que no va a pasar. A Luke no le van a empezar a gustar las alubias por mucho que yo le repita que están ricas. Y Leia no va a acabarse la sopa por mucho que le insista. Pero ya no convierto la mesa en un ring, la hora de comer en un tira y afloja frustrante, en un drama. No quiero más esos recuerdos, ni para mí, ni para ellos. Poco a poco sigo aprendiendo.

Y ahora perdonadme, que estas albóndigas no van a hacerse solas…

¡Que la Fuerza os acompañe!

Autor entrada: Rocío Cano

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